La Iglesia

Me pongo de pie frente al edificio. Parece un tipo de burla a la punta de la torre de Pisa porque es circular y tiene entradas ligeramente romanas en su aspecto, no obstante, hay ventanales de vidrio fino en cada apertura y sólo tiene 2 pisos de alto. La gente no parece tener curiosidad de qué haría eso en el centro de la ciudad, donde no hay otra cosa que sea eso. Calles, un pequeño jardín sin barandal o verja, unos dos o tres árboles y ahí está la construcción circular, descansando impune.

Finalmente me decido a entrar. Dentro son unas ruinas como de una iglesia antiquísima que no coinciden con la forma exterior, además de que el espacio interior parece ser tan grande como varias canchas de football (soccer) en cuanto a área total. Absolutamente incongruente. Doy vuelta en un recodo y veo unos escalones altísimos, tal vez de un metro y medio o más de altura, pero sé que son escalones porque van uno tras otro, tienen escombro caído sobre ellos. Mi ropa es lo suficientemente ajustada como para que no entorpezca mis movimientos, pero no tanto como para que parezca látex. Tengo un arma, probablemente un tipo de pistola automática y sé que además porto conmigo más de 3 dagas o tal vez cuchillos de cazador. Mientras subo los escalones, veo que también hay ventanales dentro, me recuerda mucho al ambiente decaído y descuidado del mundo espiritual en Soul Reaver. En el último escalón, donde está un ventanal abierto, está postrado un rifle como para un francotirador. Ahí me lo dejó (alguien que no se me especificó).

Estaba a punto de posicionarme, cuando un bufido digno de un minotauro (lo cual pienso bastante probable en aquel lugar, porque al asomarme por el ventanal roto que también tenía rejas ahora torcidas e inservibles, vi que era casi un laberinto ahí dentro. Las ventanas internas porque estaban en un círculo concéntrico guardado por los ventanales externos, eran sólo para ver hacia el verdadero lugar que ocultaba la pseudo torre).

Entró en mi campo de visión mi atacante. No salí de mi asombro durante unos segundos porque era blanca. Con cara de furia enorme. Con uñas humanas pero decididamente capaces de hacer daño. Con hábito. Una… monja. Loca. ¡¿Qué demonios?!

Se lanzó hacia mí y al no tener suficiente tiempo para desenfundar mis armas de filo, pero teniendo a la mano, disparé. Supe que era un error porque ahora hacía pública mi intrusión en el lugar. Bufidos, gritos como de medusa y alaridos desgañitados se hicieron sonar a mis alrededores. Salté hacia el laberinto, dejando a la monja malherida o tal vez muerta detrás. Corrí por las paredes sin saber hacia donde iba, pero con la extraña certeza de que ese era el camino adecuado, cada decisión que tomaba en una bifurcación era la correcta. No sabía por qué. Si no me detenía a pensar, tomaba la decisión correcta.

Llegué a una puerta. La abrí con cautela y entré a otro espacio circular, enorme de nuevo.

Era como si la torre de pisa tuviera el centro hueco y tuviera 30 pisos de altura. Había un balcón interno circular a unos pisos arriba de mí y éste tenía un barandal maltrecho y poco constante que no siempre protegía a quien estuviera ahí de caer. Hasta abajo el piso era hermoso, mármol pulido a la perfección (o al menos eso imaginé porque no alcanzaba a verlo).

Un grito horroroso me hizo voltear al centro. Una hermosa joven caía, gritando con terror. Tenía las manos atadas en su espalda. Cayó con un sordo y desagradable sonido. Su cabeza casi reventó, pero empezó a manar sangre, ya muerta ella. Escuché una risita satisfecha desde arriba. Busqué una entrada diferente o una escalera.

Otra joven pasó gritando hacia su muerte, mientras yo buscaba. Me estremecí.

Al encontrarla, subí mientras escuchaba a otra joven cayendo… me mantuve oculto en el umbral. Desde el balcón, unos pedazos de barandal habían sido arrancados para ser puestos como un trampolín al vacío del centro, soldados no sé cómo o con qué. Una monja, evidentemente la madre superiora, veía con conformidad la escena.

“Traigan otra”. En ese momento supe que ella sacrificaba a las jóvenes, no sé a quién ni para qué, pero lo supe. Y entendí entonces por qué me habían mandado a ese lugar. Sin cuestionármelo, corrí hacia el lugar donde estaba ella, la mitad del trampolín y la empujé antes de que pudiera reaccionar. Dio un grito desgarrador que no fue humano mientras caía y… Estaba rodeado por las monstruosas monjas.

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