La Vieja y El Libro

Corrí por la calle principal de aquel pueblo. Me recordaba un poco a ciudades añejas a pesar de no ser verdaderamente milenarias, como Tepic. Pero era obvio que había sufrido un incendio masivo, muchas casas estaban quemadas, unas sin ventanas, otras sin puertas, algunas sin techo siquiera. Todas parecían tener al menos 80 años de haber sido construidas.

Al doblar en una esquina, una ráfaga imposiblemente fuerte me levantó del suelo y me estrelló contra una de las paredes. No me lastimé siquiera, a pesar de que me debería de haber unos huesos por el impacto. Lo que noté es que el golpe me sacudió años de encima. Literalmente. Me veía como cuando tenía 15 años, con mi cabello largo y negro-morado, más delgado y ligeramente más bajo de estatura. Incluso traía una versión extraña de mi preciada mochila que usaba en la preparatoria, con sólo una correa y un diseño caprichoso.

Sin previo aviso, copos de nieve aparecieron en el suelo, segundos después empezaron a caer, como heladas plumas circulares que se desprendieron de alguna nube con ilusiones de ser ave. Lentamente cayendo, congeladas y haciendo que me sintiera miserable. Mi ropa se veía raída ahora y de algún lado la ciudad sudó personas. Al caer la nieve, de huecos en el suelo y en los edificios salieron todos. Lo que saltó a la vista fue que esas personas tenían mi edad -en apariencia, al menos, tal vez los habían hecho quinceañeros a todos- y todos parecían casi refugiados por el estado de sus ropas y su cabello.

“Llegaste, ¡tenemos que encontrar el libro antes de que regrese!”

Me lo dijo una joven que no parecía ser la líder ni tampoco lo mencionó con el tono de ‘eres el elegido‘, más bien había una terrible urgencia en su voz. Sin más, mi mente se vio inundada de imágenes. Yo iba y venía a ese lugar, en uno de mis itinerantes recorridos había prometido sacarle libros a una persona. La persona en cuestión tenía sólo un librero, pero estaba en su sala. Un librero desgastado que descabsaba sobre un piso de madera que juraba romperse en cualquier momento. Y ella siempre estaba ahí, viendo el librero, fingiendo que tomaba té desde unas tazas que nunca habían sido llenadas. Tal vez su labor sólo era estar vigilando–

No. No lo era, otra oleada de información llegó. Ella era parcialmente culpable de lo que sucedía ahí. Mi corazón por un momento perdió la motivación de seguir latiendo. Por lo que entendía, ella era algún tipo de Baba Yaga [lean mitología rusa si no saben quién es, vale la pena], y aún cuando su choza no se sostuviera sobre las patas de un gallo, muy probablemente sí tendría calaveras en algún lado de la casa.

Mientras me decían esto, caminaba hacia la casa. Cada vez menos personas me seguían, al final, sólo la que me recibió y otro joven me miraban con ansiedad. Asentí y di media vuelta. En lugar de tocar o llamar a la puerta, puse mis descalzos y entumecidos pies en la pared, buscando nichos o protuberancias para escalar.

Ya en el techo, caminaba sobre las heladas tejas, esperando que el techo no– crack — Ay, mierda. Caí con la gracia de un caribú sobre el piso que por suerte no cedió. La mujer me miraba fijamente y por un momento creí que– No. Tenía la mirada donde yo estaba, pero su expresión era vacante. Era como si su cuerpo estuviera ahí, pero sólo eso. Sobre una silla ancestral, también de madera descarapelada que parecería estar de pie por magia más que por cualquier otra cosa dado su estado.

Me puse de pie sin dolor o heridas y puse las manos sobre su librero. Era pequeño, efectivamente, tal vez tenía sólo 50 libros en total, pero cada tomo era escalofriante. El primer título rezaba “De Vermis Mysteriis”. Esta señora sabía perfectamente lo que tenía en su poder. Libro por libro busqué con desesperación para saber cuál era el que buscaba.

Un rechinido de la silla detrás de mí me congeló en mi lugar.

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