Zodiaco

Una caverna con un agradable aroma a humedad no estancada o encerrada. Charcos por todos lados y frescura. Debería de estar muy obscuro, pero hay puntos luminosos frecuentemente, luz con un color verde enfermizo o casi radioactivo.

Caminé por el pequeño sendero, revisando que aún trajera mi cuchillo. Ahí estaba. Mis botas eran perfectas, ligeras y adaptables. Me lancé al hoyo  frente a mí. Cuatro o cinco metros más abajo, caí en el lago dentro de la cueva. Podría haber sido uno de esos cenotes que tanto se anuncian de no ser porque la región definitivamente no cuadraba con lo maya.

Nadé hacia el frente, luego me preocuparía de cómo subir de nuevo. Lo que tenía por hacer era urgente. Más adelante la caverna se unía, por unos momentos, con una ruta turística, pero no era posible acceder de un lado al otro. Sólo unos pequeños huecos, como ventanillas, unían las dos formaciones rocosas. El agua me llegaba a la cintura cuando era muy baja, normalmente me llegaba al pecho o necesitaba nadar porque no alcanzaba el fondo. No había corriente y aún cuando estaba fría, no era demasiado incómodo estar ahí.

“Y aquí es donde podemos ver cómo se formó Saturno…” una voz aburrida decía por, probablemente, millonésima vez. Un montón de turistas totalmente fuera de forma caminaban con pesadez y se remojaban en el agua que era compartida con mi caverna. Al ver una mujer enorme regodeándose en el charco como hipopótamo, tuve ganas de salirme. Pero no había de otra mas que nadar.

Más adelante, la caverna se obscurecía y el brillo verdoso era intermitente. Me adentré, buscando la antigua sala que se suponía que estaría ahí.

Una risa femenina me desconcentró en mi nado. Volteé y no vi el origen de la misma. De pronto, un jalón en la parte baja de mi pantalón, junto a mi tobillo. Bajé la mirada y vi algo que me hizo dudar de mi salud mental.

Una sirena. Pero no la absolutamente clásica. Sí, era parcialmente pez y parcialmente mujer. Definitivamente atractiva por sus rasgos, pero a la vez, su mirada de depredador era ligeramente desconcertante. Pero en vez de tener escamas, su piel era lijosa y gris. Era esbelta, pero fuerte y se movía con lentitud y exactitud. Tenía el cabello gris opaco y unas pequeñas orejas nada separadas de la cabeza. Recordándome a un tiburón. Tenía una aleta gris, triangular, en la espalda baja. Me sonrió. Ojalá no lo hubiera hecho. Unos dientes terriblemente afilados relucieron por un instante.

“¿Qué es lo que buscas? ¿El horóscopo?”

No sé qué esperaba, pero aparentemente no me sorprendió que la mujer pudiera hablar desde abajo del agua -en español- con un acento ligeramente europeo pero difícil de ubicar.

“Sí. Lo necesito pronto, porque…”
“Yo sé para qué. No sería tan malo.”

No me estaba agradando esto. ¿Me detendría acaso?

“Necesito llegar ahí.”

La sirena me recorrió con su mirada.

“¿Quieres prevenir que el mundo se inunde? ¿Para qué? Ya ustedes han dominado la tierra por siglos, según ustedes, sin tomar en cuenta que la mayor parte nos pertenece por ser acuáticos. Es sólo un poco más para nosotros.”
“No somos acuáticos.”

La sirena salió del torso hacia arriba y me miró fijamente a los ojos. Eran grandes, pero no de manera exagerada, lo inusual era lo grandes que eran sus pupilas e iris. Como… un tiburón. No me agradaba del todo  saber que estaba casi a su merced. Un cuchillo tal vez podría matarla, pero no sin que me dañara considerablemente.

“Ah, eso puede ser arreglado. Un poco de mezcla y… ¿quién sabe? Tal vez seamos… compatibles”, dijo ella, susurrando la última palabra.  Ahora fui yo quien la recorrió con la mirada. No es que no fuera tentador, sólo que  no sabría por dónde.

“Yo… lo consideraré. Primero debo verlo.”
“Considerarlo? Ya es algo. Sígueme.”

Se zambulló y nadó. Obviamente, mucho más rápido que yo. Después de varios cientos de metros, yo ya estaba exhausto. Ella iba y venía con facilidad, mientras que yo me desplazaba toscamente por un entorno nada favorable. La luz era inexistente en algunos puntos y me guiaba por la siguiente zona iluminada solamente. Después de varias veces ir y venir, se acercó mucho a mí y me tomó de las manos. Defenisvamente, la dejé hacerlo.

Colocó mis manos en su cadera con firmeza y me dio un rápido aviso… “Toma aire” antes de sumergirse, llevándome con ella. Hice lo que pude y empezamos a nadar mucho más ágilmente (al menos para mí).

Me empezaba a resbalar, me sujeté con más fuerza de ella y una de mis manos sintió su pulso. Estaba agitado por el ejercicio. Aún así, me resbalé un poco más. Su piel estaba hecha para ofrecer resistencia sólo si era al revés, si yo trataba de jalarla en dirección opuesta. Me tomó de una mano y me empezó a faltar el aire. Le di unas palmaditas. Me ignoró. Me intenté soltar, pero en ese momento tomó mis manos. Me volvió a sonreír.

“Considéralo más.”

Por un momento no entendí. Y no me dejó subir más. Asentí e hice mi mejor cara de “Ok, ok, lo consideraré seriamente.”

Me dejó ir por aire.

Nos zambullimos otra vez, la luz pulsaba ahora como si fuera un corazón. Estábamos muy dentro de la tierra, probablemente demasiado dentro como para que yo pudiera regresar por mí mismo nadando, sin ahogarme por el cansancio.

Me comencé a resbalar de nuevo, y ella tomó una de mis manos, la subió más para que la tomara de la cadera, pero “accidentalmente” me hizo que le rozara una parte del pecho. Se rió de nuevo con esa voz que no parecía ser impedida acústicamente por el agua pero con un tono más travieso.

“Falta poco.”

Seguimos nadando y cada vez que necesitaba aire, no me dejaba ir hasta hacerme prometerle que lo consideraría mejor, cada vez más exacto, cada vez más presionado, y ya habíamos nadado kilómetros y kilómetros en los que el agua tenía varios metros de profundidad. Y así, para la quinta vez que necesité aire…

“Considéralo como para… hoy.”

Ya no era una pregunta. Asentí. Qué más me quedaba? No sabía cómo ni por dónde sucedería, pero estaba enteramente a su merced. Y tenía una expresión que me decía con toda seguridad que, cuando terminara, yo saldría con una o dos cicatrices de sus “juegos”.

Salimos a la superficie. Sobre una pared enorme, de decenas de metros de ancho y alto, había símbolos, uno tras otro, todos brillando con ese verde resplandor palpitante.

“Aquí lo tienes.”
“Gracias. Y ahora… cómo sabré cuál es el signo zodiacal de la tierra? Es necesario para mí saber cómo prevenir esto…”
“No lo sé, esto no lo hizo mi cultura. Además. Si no puedes prevenir el fin, créeme, te cuidaré bien. Eres perfecto para lo que quiero. No tienes tanta carne como para ser mi comida, pero tampoco tan débil como para deshacerme de tí.”

No supe si darle las gracias a ese comentario.  Me concentré en la tarea que tenía por delante. Encontrar dentro de este antiquísmo horóscopo el signo zodiacal de la tierra y saber qué sucedería y cómo. Para evitarlo. Todos sabíamos que la inundación del planeta era inminente pero no teníamos ni idea de cuál sería el hecho que lo desencadenaría. Y ahí estaba yo, el único hombre que había logrado encontrarlo (por medio de mis sueños), y todas las posibilidades apuntaban a que me convertiría en un juguete sexual de una raza subacuática.

Recordé mis limitados conocimientos zodiacales. La sirena me mordió el muslo; no con fuerza como para lastimarme, fue un dolor ligeramente agradable. Pero, ¡debía concentrarme! De todos los hombres del mundo, tenía que ser uno de los que le valía pito ser tauro, o lo que fuera, al que le cayera la responsabilidad. De pronto, me cayó como un golpe la razón.

“Ofiuco! La Tierra es Ofiuco! Dónde está la predicción?”

La sirena me miró con algo de sorpresa y a la vez desesperación, pero a la vez, en el fondo, yo sabía que esa mirada traicionaba el hecho de que ya tenía en su mente todo lo que iba a hacer conmigo y también supe que iba a ser en ese momento.

Miré la pared, intentando memorizar todos los datos importantes mientras las manos -que ahora notaba, tenían uñas afiladas- me recorrían la espalda.

“Entonces, dentro de 12 días vamos a tener que–” sus manos me tomaron de la cintura y me sumergieron. Me lanzó una mirada traviesa y su lengua relamió sus dientes, cortándose un poco y dejando que el hilillo de sangre fluyera. Esto, tal vez, iba a doler.

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