El Anciano

En una gira por algún estado, junto a las vías del tren, en el camino de terracería, tuvimos que frenar antes de dar una vuelta. El fango fue muy problemático y las llantas resbalaron. Fue entonces cuando un viejito dijo que ayudaría. Parecía una persona que necesitaría de una casa y un baño, y olía de manera peculiar. Rompió unas ramas pequeñas, las puso junto a los neumáticos: remedio que funcionó al instante porque dejaron de resbalar. Proseguimos por nuestro camino.

***

Atardecía. Tuve que tomar un tren. Era como el metro pero con asientos más decentes (con cojín) y las ventanas menos rayadas, definitivamente no de los que se ven en las películas ni como el shinkansen de Japón. Junto a mí venía una señora con su hija y unos amigos de la pequeña. Milagrosamente no están haciendo desastre, a diferencia de los niños de su edad… Íbamos tranquilos cuando el tren frena de golpe y tuve que luchar por no caer, ya que en ese momento me venía poniendo de pie.

Nadie hacía un movimiento siquiera y era obvio que algo estaba mal, porque hasta el motor se había apagado. Como no sabría si reanudaría el viaje (y tendrían que encender el tren de nuevo), decidí bajar para ver qué sucedía, y si escuchaba el motor, regresaría a mi lugar sin problema alguno.

El lugar se veía perfectamente normal. De otro vagón, con exactamente la misma intención bajaron mi madre y hermano. Con un movimiento rápido de hombros di a entender que no sabía qué pasaba. Escuché detrás de mí los pasos de Dennise. Después, en el borde de mi visión, lo vi. Como siempre. Una sombra que parece moverse sin que el punto de luz que la provoca haya cambiado de lugar. Shadow People.

Tuve la certeza de que era por mí que estaban ahí y les hice señas a mi familia para que subieran de vuelta. Tomé la mano de Dennise y subimos al tren. En cuanto puse los dos pies dentro, me di cuenta de mi estupidez. Las puertas se cerraron, el motor empezó a andar y la serie de vagones comenzaron una carrera demencial a lo largo de las vías. Las sombras del lugar se movían de manera errática. El sol estaba ya bajo el horizonte, sólo tenía un feneciente brillo que no duraría más de unos minutos. Si no aparecía ante ellos, matarían a alguien en su intento por alcanzarme. Por primera vez tendría que revelarme.

“No se muevan”, alcancé a decirles a todos. Con una cara que expresaba que no comprendían a qué me refería, asintieron. Hubiera guiñado pero eso es muy Hollywoodesco… y no sé guiñar.

Salté directamente hacia arriba. Atravesé el techo del tren sin romperlo, como si fuera un ánima al que la materia no le preocupa. Parado sobre el vagón, cerré mi puño. Un haz de luz pequeño, un poco acho pero nada largo, se formó. Tomó la forma de una daga pequeña y definida, pero no dejó de ser luminosa. Me miré. La piel se me había tornado absolutamente negra como una obsidiana, un color que ningún humano tendría. Sentía que despedía un tenue resplandor de los ojos. Por suerte nadie me había visto cambiar así. …sólo me habían visto traspasar un techo de un tren, nada sospechoso, ¿eh? Imbécil, ya es tarde para hacerte el normal.

Sin otro aviso que el mismo hecho, el tren desapareció. Puse los dos pies firmemente en la tierra y mantuve el equilibrio como pude. Lo único que quedaba era una camioneta pick up blanca y las vías, que se iban enterrando hasta quedar cubiertas por el polvo y el suelo normal de un desierto. Las sombras parecieron vibrar y moverse de manera líquida y entendí.

“Dónde están?” Más les valía que no les hubieran hecho daño. No estaba el tren, y en la camioneta pulcra y blanca no cabrían todos los pasajeros. Obviamente el resto de los pasajeros me valía madre, pero por algo había decidido mostrarme.

En la camioneta sólo estaba la señora… ah, y su hija. Otro de los pasajeros estaba ahí, tirado con una herida en la cabeza, fuera de la camioneta. Ni un rastro de los demás. Comencé a molestarme. Como el otro pasajero no sobreviviría, ni me preocupé por él. Le dije a la señora que no tocara el volante y que confiara en mí, llegaría a su destino. Empujé la camioneta para que siguiera el rastro de las vías y la solté en cuanto tuvo una velocidad decente. Comenzó sola a seguir el camino que debería.

De pronto, la pick up se detuvo. Ahí estaba el otro pasajero. Las fibras de sus músculos eran visibles incluso a través de su piel, como si no tuviera grasa. El cabello ya era grifo. No tenía herida alguna. Escupía dientes y le volvían a nacer, sólo para escupirlos una vez más. Eso me pasa demasiado seguido en sueños. Ahora era algo antinatural. Empujó la camioneta con una fuerza que un humano no debería de poder, y con un rugido bestial, lanzó la camioneta demasiado rápido. La señora intentó frenar y eso hizo que la camioneta se saliera de las vías, rodando hacia arriba de una pequeña colina.

Bueno, yo le dije que no tocara el volante. Que se joda ahora.

El pobre cuerpo que alguna vez fue un humano normal giró hacia mí. No parecía ser peligroso, excepto por no saber controlar su fuerza. Después de escupir otros dientes con algo de sangre y saliva, mostró su dentadura -¿sonrió?- y con un dedo esquelético señaló hacia el oriente. Asentí y caminé (mejor dicho, me deslicé sobre el suelo demasiado rápido, sólo usando la punta de mis dedos y parecía ir como patinador sobre hielo) en la dirección que apuntó.

A la inversa de las vías, pronto me encontré con que había una ciudad que el desierto se había tragado. Primero cuadros de concreto que resultaron ser techos, después, paredes, y finalmente casas. Al final, había un grupo de edificios casi intactos. Por alguna razón, tenía la certeza de que ese era algún tipo de Bundestadt (ciudad fenderal) porque la palabra surgió en mi mente de golpe, en alemán. De uno de los edificios salía ruido, filtrándose apenas por alguna abertura que no alcanzaba a localizar.

Llegué a una puerta marcada con “SS”, pesada. ¡¿Schutzstaffel?! ¿¡Qué carajos?! Un búnker. Al abrirla, regresé a mi apariencia normal. Me recibió un cuarto extremadamente limpio y un olor a pavo horneado. Era enorme, como del tamaño de un centro comercial, calculé. Varias familias increíblemente caucásicas y rubias vestidas al estilo de 1940 caminaban por ahí y una me dio la bienvenida. Hablaban español como mexicanos. Les pedí información para otro grupo de gente recién llegado. El padre de familia y una de sus hijas me guiaron. Ahí estaban mis padres, mi hermano y Dennise. Los demás pasajeros parecían haber perecido.

“Hey, todo está bien allá afuera. Vámonos” les dije, y con una sonrisa leve (o normal para mí, pues), di vuelta sobre un pie y me encaminé a la salida.
“No. Allá afuera todo mundo pelea y sufre. Aquí todo es perfecto, no me quiero ir”. Esa fue mi madre.
“¿Qué?”
“Sí. Y ten estas monedas, sé que te gusta traer monedas en vez de billetes” No sé de dónde sacó esa conclusión, pero se las acepté.
“Tu madre tiene razón, ¡ve cómo es aquí! No tedrás que preocuparte jamás”. Mi padre.

Me cayó de golpe el hecho de que ahora ellos estaban vestidos igual que los demás. Incluso Dennise y mi madre tenían uno de esos tardados peinados de secadora; mi hermano y padre tenían el cabello peinado con vaselina, raya al lado de la cabeza y hecho a la perfección. El fondo cambió, de ser alemán… era borroso…

De entre las sombras salió Cher. Estaba palidísima. Caminaba con pesadez y dificultad. Le ofrecí mi ayuda y se negó rotundamente.

“Aquí en Japón, las mujeres caminamos solas” dijo, con aire de dignidad. Estábamos en un edificio de madera que mas bien parecía de película china de artes marciales, no había rastro japonés en el lugar.

Dennise se acercó, aún peinada como alemana antigua y me dijo que de nuevo le ofreciera mi ayuda.

“Así que quieres hacer en Japón lo que no se hace en Japón. La manera japonesa es diferente. Pero te podré pagar por ser mi host si quieres. Ayúdame a caminar y a verme junto a alguien joven”. Ante tan extraña pronunciación, volteé a ver a Dennise. Afirmó con la cabeza. Ah, pues qué carajos, venga. La llevé de la mano hacia un restaurante que ella eligió.

De pronto, el restaurante ya no estaba. Cher había desaparecido. Dennise estaba junto a mí. Ahora el entorno era egipcio.

“Vámonos, por favor.”
“No lo entiendes. Aquí todo está bien. Puedes hacer lo que quieras sin preocuparte. Nos podremos mezclar con las familias de aquí hasta ser otra más… Pero no entiendes. Entonces no hay lugar para tí aquí”. Dennise me dijo. No parecía triste o feliz.

Me tardé en responder. Mi familia estaba detrás de ella, asintiendo. Pero al ver que todos tenían su decisión y era obvio que no cambiaría, suspiré. Seguramente Dennise encontraría a algún alemán de esos. Mi hermano tendría una familia con alguna alemana. Fui a la puerta que decía SS. Solo.

Un señor, el que me había guiado a ellos para ser preciso, se acercó. Traía a su hija de la mano.

“Nosotros iremos.”
“Sí, lo que sea. Vengan.”

Afuera había un automóvil Mercedes. Tenía la pinta de haber sido hecho en la época del tercer reich. Cuando íbamos a salir, el coche se atascó. Mierda. Le dije al señor que condujera. Un viejito se acercó con unas ramas en la mano. Esto me es ya demasiado familiar… Rompió las ramas y las puso debajo de las ruedas y volteó a mirarme con una sonrisa. Tomó un puñado de cenizas de puerta y lo lanzó al suelo con fuerza. Una voz susurrante llenó el aire y sabía que estaba invocando algo.

Mi piel se volvió a tornar negra y llamé a la daga de luz. La clavé en el suelo. Solos, huesos comenzaron a desenterrarse, llamados por mí. Un esqueleto hecho desproporcionadamente, cráneo de un tamaño, piernas hechas con huesos de niños y adultos por igual, se puso de pie. Se lanzó contra el montón de ceniza que había tomado una forma enorme y casi como un gorila.

El coche arrancó. Le di varias monedas al anciano, de las que me había dado mi madre. La mitad de la ciudad había desaparecido por completo bajo la tierra. Ahora había una carretera perfectamente mexicana, estábamos junto a un puente. Una patrulla de la policía federal estaba bajo la sombra del puente. Le lanzó al viejito otras monedas más. Era una policía alta, robustísima y también blanca y rubia. ¿Había ella escapado alguna vez?

El viejito se había ido mientras hice la rápida mirada hacia la policía. Le pregunté por qué había dado las monedas ella.

“Llevamos tiempo investigándolo. Parece que siempre escoge a algunas personas y se encarga de—” la frase se volvió ininteligible bajo el peso de su acento alemán.
“¿De qué?” Intenté preguntar, pero el alemán ya había arrancado y…

***

Abrí los ojos. Liv Tyler estaba apoyándose en mí. Tenía un vestido de un color morado que simplemente no debería de existir en la naturaleza. Tiene mucho ‘color correction’ su vestido, pero se ve bien. Seal estaba contando un chiste de Polo Polo mientras ella me lanzaba una mirada sugestiva. El cuarto estaba hecho de cristal pero tallado para que no fuera transparente. Había una tina de baño. Me puse una crema verde con granos duros como para exfoliar. Seal, sin un rastro de acento de idioma germánico, seguía contando el chiste del león de melena negra.

Llevaba meses conviviendo con ellos. Eran también como yo. Pero yo jamás era ni sería famoso. No entendía, pero ellos venían a verme sólo cuando se sentian aislados al ser diferentes. Yo, el que vivía aislado, era como una terapia para ellos. Me asomé por una ventana rectangular larguísima a lo ancho pero delgada a lo alto. Afuera, en la selva, llovía y era un clima húmedo y frío, como el que sale en las películas en las que aparecen las ruinas de Angkor. Liv Tyler se había puesto maquillaje morado, embarrado de alguna manera que parecía anuncio de revista.

Y sonó el despertador. Juro que no entiendo qué es lo que tengo en la cabeza.

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