Una Casa Más

No supe por qué estaba ahí. Tenía 13 años tal vez, vestido con las fachas que me encantaban: una camisa dos tallas más grandes de lo que debería, tenis angostos pero más largos de lo necesario y pantalones de mezclilla que para alcanzar a dar el largo, eran un poco grandes para mi cintura, pero no usaba cinturón. Yo, uno de los mayores, ya era algo conocido entre los niños. Nunca nos veíamos porque preferíamos evitar sufrir en conjunto. De vez en cuando nos reuníamos para intercambiar información. La mayoría de los atrapados oscilaba entre los 7 y los 10 años. Lo único que tenía por cierto era que la casa cambiaba a su antojo y había cuartos en los que, sin importar la hora o su apariencia, no debería de entrar. Quería salir, pero me parecía imposible. Ya había subido a el piso más alto disponible y había visto con pesar que se encontraba bardeada la casa, una pared alta que terminaba con alambres de púas, varios metros por encima de mí. La única ventana que ofrecía una vista a una parte de tejado que sobrepasaba por encima al resto de las paredes era el cuarto que sólo se podría llegar mediante las habitaciones peligrosas. Descartado.

Escuchaba los sollozos de niños atrapados en la mansión, aprisionados desde hacía días o tal vez meses. Yo había perdido la cuenta ya. En ese lugar no se pasaba hambre y no se podía morir por esa causa, el estómago siempre estaba satisfecho sin llegar a ser pesado, era un tormento eterno entrar ahí. No había vajillas, cuchillos, objetos frágiles ni armas en ninguna de las divisiones internas, no había un lugar lo suficientemente alto como para intentar suicidarse saltando, las ventanas de abajo tenían barras que lo impedían. Sí, el ambiente era tan opresor y deprimente, tan desesperante y frustrante que no eran pocos los suicidas que no tenían cómo acceder a su última voluntad. Junto a los moqueos y suspiros de pesar de los niños, era permanente el sonido lejano de abrir y cerrar de puertas. De vez en cuando se escuchaba un grito de terror que se apagaba de golpe. La casa podía modificarse en estructura, pero todo mundo sabía que a la parte superior de la extrema derecha no debería de irse: ahí era donde empezaban los cuartos habitados por horrores inimaginables, sólo descritos por dos o tres que se habían podido escapar de milagro. Ellos eran los más miserables, porque tenían que empezar de cero una vez más. No entendía cómo era que llegaban los niños allá si todos sabíamos que ese era el lugar que debía evitarse.

Entre nosotros, cuando nos reuníamos, era de manera arbitraria: caminabamos a un cuarto y estábamos varios ahí dentro. Esto no lo hacía la casa, seguramente uno presentía que estaba cerca su momento de morir y hacía un llamado interno por aquellos con los que se había topado y recordaba, la casa parecía complacerle al guiarnos a todos al mismo lugar. En esos cuartos había silencios incómodos, no sabíamos quién era, pero sabíamos que uno de nosotros no estaría al día siguiente. De inmediato comenzaba el comercio: ibujos hechos con crayones que se podían encontrar en algunos cuartos y papeles tomados de ciertos estantes que a veces habían. Era nuestro único medio de comunicación, ya que no hablábamos el mismo idioma. Unos mostraban un león enorme con pequeños ojos rojos, otros mostraban cuartos grisáceos con siluetas negras, otros más no tenían sentido, rayones rojos en los que aparecían figuras pequeñas, acostadas, como si fueran torturadas por algo invisible…

Cuando alguien entraba a esa casa, era invariablemente menor a los 15 años. Primero lloraba. Después gritaba en enojo. Algunos vivían durante meses en depresión, otros buscaban cómo suicidarse, al no encontrar vidrios para cortarse las venas u objetos afilados ni medicinas, en momentos de desesperación se dejaban caer muebles encima, pero no podían morir. Era un estado de tortura casi interminable, hasta que llegaban a un punto: cuando uno resignaba a vivir para siempre atormentado, algo en la casa lo buscaba y lo mataba. No era decirlo, no era pensarlo. Era sólo cuando un niño llegaba a esa certeza absoluta de que viviría para siempre atormentado y no importaba cuánto tiempo estuviera ahí, entonces tenía la pequeña fe de vivir algún dia fuera de ese lugar, entonces intentaba escapar porque sabía que no podía morir. En ese preciso momento, para él solamente, la casa era diferente, pero era entonces que la mansión decidía alimentarse de su alma, porque al morir en el interior, sabíamos que no sólo el cuerpo quedaba (que nunca encontrábamos), de alguna forma estábamos seguros de que el alma no podía escapar de ese lugar, servía como combustible para algún ser extraño que vivía en los rincones más recónditos de esa maldita construcción.

Yo vagaba por los cuartos. La mayoría tenía ese estampado con flores de lis que están en cierto color apenas más obscuro que el tono que tiene el fondo, como bordadas. Recordaba que alguien había entrado a esa casa hacía tiempo. Era como yo pero más alto, más maduro, más… ¿era yo? Tal vez… No importaba, el recuerdo era borroso y si había rejuvenecido, lo mismo daba: tenía que salir de ahí. Ya me daba igual qué intentaran hacer conmigo, tarde o temprano escaparía si encontraba aquella puerta que daba al exterior, una que decían que existía… Un escalofrío me recorrió. Tenía que escapar porque no había otra opción y debía vivir.

Supe que había confirmado en ese preciso momento mi ejecución, ya que quería escapar y sabía que no importaba como–

La pared detrás de mí reventó y una forma que era humana pero de tal vez 3 y medio metros de altura se cernía sobre mí. Tenía una pesada bola metálica, opaca por las manchas rojo casi café de sangre seca de todos los niños muertos por él. Increíblemente musculoso, no hizo un solo ruido pero se dirigió hacia mí.

Yo abría puertas y entraba en habitaciones sin parar, el eco de unos pasos pesados era el único sonido que me acompañaba. Cada vez más cerca, cada vez más pesados. Era aterrador pensar que ese ser tenía el poder de matar a voluntad, una facultad casi única en esa casa, nadie era dueño de su propia vida. La mansión me parecía eterna ahora, y mi confusión no ayudaba. Cuartos victorianos, habitaciones estilo art deco, un estilo decididamente de los setentas y otros de los cincuentas se sucedían uno tras otro sin pasillo alguno que los conectara, sin ninguna lógica los estilos de manera absorbente pasaban delante de mí que no me detenía para apreciarlos por los pasos detrás que escuchaba. Otra puerta, y otra más, un baño, una cocina, escaleras que bajaban, un dormitorio, una sala de estar, un cuarto de piano, escaleras que subían, una pequeñísima habitación donde tuve la certeza de que una pareja habia hecho el amor a pesar de que no había adultos ahí, otra cocina, un jardín interior, una sala de esculturas… estaba perdiendo el sentido del paso de tiempo, el sentido de orientación me había abandonado demasiadas puertas atrás junto con mi valentía: ahora sólo corría. Escaleras que subían, puerta, escaleras que subían, otra puerta, escaleras que subían, una puerta más, un cuarto enorme que…

La pared principal estaba adornada con una cabeza de león hecha de piedra con huecos en donde deberían de estar los ojos. Unas diminutas llamas que se movían caprichosamente daban la ilusión de ser sus pupilas. Me vieron. Supe que había entrado a lo que le llamaban “El León”, una de las habitaciones más peligrosas. A pesar de que había quienes se habían salvado después de entrar ahí y corrían el rumor de lo terrible que yacía en El León, eran un puñado solamente. Sólo si de pronto perdían la esperanza y la casa, por alguna razón, no los quería como alimento, eran devueltos a vagar hasta que estuvieran listos para ser devorados. Pocos dibujos de El León había logrado tener en mis manos. La mansión parecía regocijarse con la desesperanza, el miedo y el dolor de alguien que ya estaba resignándose a morir después de haber sentido durante un tiempo la voluntad de seguir vivo.

Corrí y de nuevo el lugar amenazaba con hacerme perder la cordura. Abría una puerta y llegaba a un cuarto de baño antiguo con una humeante bañera, esta vez el agua estaba estancada. Siguiente puerta, un cuarto del que colgaban cuerpos de niños ahorcados, algunos aún temblando en sus últimos momentos de vida. El próximo era una habitación en el que estaba un cuerpo muerto hacía semanas de un niño al que le habían roto el cuello, con el pecho tocando el suelo pero sus ojos viendo hacia arriba. Otra puerta, otro cuarto, corría sin detenerme. Sala, juego de estar, escaleras que subían y bajaban en el mismo tramo, pasillos con huellas ensangrentadas de manos, habitaciones vacías y descuidadas, gritos detrás de mí. Un último cuarto que parecía estar en paz. Sin previo aviso, las paredes parecieron doblarse como si fueran de hule… Antes de permitirle al horror que habitaba ahí que hiciera su presentación, corrí a la puerta más cercana y la abrí. Había un cuarto frente a mí, enorme, y a un lado, otra puerta pequeña. Una jovencita hermosa pasó corriendo con el miedo patente en su mirada. Tal vez de mi edad, a lo mucho un año más grande. Nunca la había visto, a pesar de ser una de las habitantes más grandes del lugar, si no la mayor. La tomé de la mano y la jalé hacia mí, vi que la perseguía el mismo ente musculoso que me siguió. Nos metimos a la única opción restante, la puerta que daba a un lugar desconocido: ir a El León no era factible.

Estaba ataviada con un vestilo estilo amaloli japonés, una falda corta rosa que llegaba hasta arriba con unos tirantes gruesos que se ensanchaban para cubrirle el pecho, debajo había una camisa blanca abombada. ¿Por qué la ayudé? No lo hice por caballerosidad, ni por un deseo de que, al estilo americano de película, fuera yo su salvador y tuvieramos sexo demencial después de salir de ahí -si lográbamos escapar. La ayudé porque sentí que era importante hacerlo, no hubo ningún impulso moral ni algo similar detrás de tal acción.

La habitación estaba a obscuras. Dos respiraciones nerviosas y agitadas era lo único que escuchábamos, aunque debería de admitir que también podía oír el golpear de mi corazón contra mis costillas como si quisiera escapar. Su mano me apretó de pronto. Las luces subieron poco a poco de intensidad, eran como velas que pudieran controlar su luz. Hizo señas rápidas. Era muda. El lugar era absolutamente gigantesco y mi corazón que latía como demente de pronto quiso detenerse. Un piano negro aperlado descansaba en el centro. Ella se paralizó también.

De vez en cuando, en mis paseos por la casa, el mundo parecía detenerse, las nubes ocultaban el sol o la luna, los animales dejaban de hacer ruido y las puertas no rechinaban. Todos nos callábamos por miedo, el silencio mortal era aterrador. Después de unos segundos de mudo preludio, flotaban por el aire unas notas hermosas de piano e invariablemente los gritos de terror más desesperado y de dolor más punzante que nos pudiéramos imaginar se escuchaban a lo lejos, dejando eco en la casa durante casi un minuto, en nuestras memorias, los ecos perduraban mucho, mucho después de que los primeros se desvanecían.

Me puse de pie con piernas temblorosas. Unas puertas se abrían y cerraban suavemente, sin hacer ruido. El silencio que rodeaba la casa antes de nuestra ejecución se había empezado a propagar. Ella, de un salto, empezó a correr, casi arrastrándome tras ella. Como pude intenté seguir su paso. El silencio fue sepulcral. El piano liberó una sola nota. Nuestra ropa se rasgó en cientos de lugares, y sentí una decena de heridas como de navaja. Otra nota, corríamos hacia algún lugar… Las luces se hicieron fortísimas y vimos cadáveres de niños por toda la habitación. Por un impulso de miedo, inhalé con fuerza y eso me hizo oler las víctimas. Ella, delante de mí, parecía haber caído víctima del mismo miedo que yo.

Había una sola puerta que no se abría y cerraba, estaba permanentemente cerrada. Sabíamos que era ahí. Sentía que el tiempo se hacía lento, pero las notas de piano dieron inicio a una lenta cadencia preciosa y rica en tonalidades. Cada nota podíamos escuchar huesos romperse. Cuerpos delante de nosotros intentaban ponerse de pie, pero no como el cuerpo debería, codos rompiéndose hacia atrás, rodillas haciendo ruidos como de trueno cuando no podían doblarse, quijadas que se abrían de golpe y reventaban la piel que intentaba confinarlos a una apertura pequeña. Los cadáveres estaban volviendo a la vida. Las paredes se rasgaban y se veían dedos esqueléticos con algo de carne que intentaban salir de su aprisionamiento. Una nube densísima, negra, se filtraba a través de las rupturas del techo. La puerta estaba ahí…

Una cabeza que se movía como araña se acercaba a nosotros. No tenía patas, su cabello desgreñado la sostenía, escupía dientes y sangre; intentaba interponerse en nuestro camino. Ella me empujó con fuerza contra la puerta que se abrió de golpe para dejarme entrar, en cuanto caí dentro del cuarto, la puerta intentó cerrarse para aprisionarla y separarnos. Metí la mano derecha y sentí un dolor que me hizo perder el sentido del oído cuando se azotó sobre mi mano. Con la mano iquierda, abrí la puerta con mucho esfuerzo, y se intentó volver a cerrar por sí sola, golpeándome la boca por un lado y haciéndome sangrar. Un último intento por abrir la puerta… La cabeza-araña estaba subiendo por la pierna de la joven. Puse un pie para evitar que la puerta se pudiera cerrar del todo, dejándolo entre la puerta y el portal, estiré la mano derecha por impulso de ser diestro y la jalé: protestó con dolores y mi mano me recriminó de la misma manera. Mi pie comenzaba a sangrar por la presión de la puerta. Entre los dos abrimos el portal pequeño y llegamos al otro lado.

Me sonrió nerviosamente por un instante, hasta que escuchamos unos pasos. No eran pesados, sonaba como si puntas de metal tocaran un suelo de piedra lijada. Intenté hablar pero mi boca seguía sangrando y no podía.

¡La ventana! ¡Estábamos en la ventana alta! Le señalé la ventana. Ella me dio a entender que yo saliera pero negué con la cabeza. Comenzó a subir y los pasos se escuchaban más cercanos. Sabía que me perdonaría si la empujaba un poco aún cuando tuviera que hacerlo tocándole la parte posterior de su falda. Salió y estaba sobre el tejado, con una mirada implorante me veía. Intenté salir y al poner las manos en la ventana, se cerró hacia abajo, mi mano derecha comenzó a sangrar y creo haber escuchado un enfermizo romper de algún hueso. La ventana se abrió una vez más por sí sola y ella hizo algo similar a lo que yo había ideado para detener la puerta. Abrió sus piernas en compás, una abajo y otra deteniendo la ventana arriba. En otras circunstancias habría aprovechado para ver qué había debajo de su falda, pero una voz desencajada sin palabras susurró a mis espaldas,a unos metros. Salté por la ventana, mis manos protestaban ante el dolor y ella me tendió la suya. Me jaló y yo, dando patadas, logré salir. Una mano venía detrás para intentar tomar mi pierna pero la niña dejó la ventana caer. Con buenos reflejos, quien me perseguía jaló la mano antes de ser lastimado.

El vidrio era negro, pero se aclaró unos instantes. Una mujer con mirada dulce y rostro perfecto nos veía. Pero había algo en ella que adivinaba un ser terrible debajo de tal disfraz. Nos sonrió con amabilidad y nos hizo una seña animosa para que regresáramos. Estaba temblando y la jovencita también, ella también había captado el aura de la mujer. Nos dimos media vuelta y nos quedamos en el techo, los dos mirando al horizonte, descansando nuestras cabezas sobre nuestras propias rodillas. Su mano no vino hacia la mía y yo no hice algo por tocarla. Aún no estábamos a salvo. ¿Quién notaría a dos niños en un tejado altísimo?

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