La Cascada

Desperté sabiendo que estaba solo. Lo que conocía estaba detrás, lejos, inalcanzable. Las computadoras aún no se inventaban probablemente en aquel lugar y todas las personas con las cuales me había relacionado ya no existían ahí.

Al palpar mi cabello, me di cuenta de que probablemente llegaba a la altura de mis axilas y tenía un color ligeramente más claro del normal. Pasando rápidamente las manos por el resto de mi cuerpo noté que era el mismo, pero se sentía más firme y más delgado, ‘correoso’ dentro del léxico de mi padre; y recordé entonces. Llevaba una vida más activa físicamente, no había tiempo para estar sentado, no había tecnología ni arte… Los cortes de cabello eran cuentos de viejas chismosas… si hubiera viejas: nadie vivía más de 40 años. Nadie entendía por qué me peinaba y me esmeraba tanto en que mi cabello se viera bien.

Una mano se puso en mi hombro. Un rostro potencialmente hermoso, pero tosco por el maltrato y cicatrices, sonrió. Mi hermano adoptivo. Ofreció una rápida disculpa por haberse metido sin permiso, como le había instruido que lo hiciera. Desde que llegué a ese lugar -no recuerdo cuándo, y más importante aún, cómo- los demás se dieron cuenta de que yo era el más inteligente, por mucho. Me había convertido en el principal consejero de su líder de inmediato, de manera unánime. Uno de ellos decidió tomarme como aprendiz para que estuviera al tanto de como vivían ellos, atrapados cerca de la edad de hierro.

Mi hermano era el segundo en mando, sólo debajo del jefe. Tenía una idea de lo que era la estrategia, era fuerte y comprensivo. Uno de los más inteligentes del lugar, probablemente el más después de mí. Era absolutamente imprescindible para ellos.

Tenía entendido que todos habían llegado ahí de la misma manera que yo (en otras palabras, nadie tenía la menor idea) y después de varias generaciones, había hecho yo mi aparición. Todos eran evidentemente hombres modernos en cuanto a su evolución, pero por los materiales a la mano, ya estábamos retrocediendo en eras de educación y tecnología a pasos agigantados.

Mi entorno no era otro que el refugio, de otra manera, no habría podido dormir hasta tarde. Aquel lugar estaba a medio kilómetro de una impresionante cascada, impresionante tanto por la cantidad de agua como por la altura desde la cual ésta se lanzaba de manera ruidosa hasta el inexorable suelo debajo de ella. Había un camino de tierra endurecida que llevaba de ella hasta nosotros. Cuando llegué ahí iba vestido mis pantalones mezclilla favoritos y una camisa casi formal, poco apta para mis necesidades en ese lugar. Llevaba todavía los mismos pantalones, ahora raídos y mi camisa estaba reducida un cuadro de tela sobre los hombros y el torso: sin mangas y ya tenía dos o tres cortes entre los cuales se podían ver mis abdominales que tanto había extrañado mientras no había hecho ejercicio. ‘Wow, esto sería TAN sexy en una manera Tarzan-esca… y esta bola de palurdos no lo nota siquiera. Chingado.’ Ese comentario obviamente sólo quedó para mis adentros.

Acaricié con la mirada a las vasijas de porcelana que estaban sobre los exquisitos muebles victorianos de ébano y marfil, las cortinas de seda con encaje elaboradísimo y los candiles que pendían del techo. Mi reflejo me alcanzó desde el suelo de mármol veneciano, pulido y encerado con dedicación que en el mejor de los casos sería descrita como febril. Casi podía escuchar el eco de piezas musicales complejas y bellas en el fondo… Como siempre, todos y cada uno de los armarios estaban sellados con algún tipo de magia, ya que la fuerza bruta jamás había logrado separar sus puertas, ni mover un centímetro la decoración perfecta o manchar el satinado borde de los muebles. Y eso me había entristecido, me habría vestido con ropa nueva.

¿La explicación para este lugar? “Ah, es una formación natural de las rocas, es una cueva“. Contuve mi impulso de abofetear a aquel filósofo que llegó a esa conclusión que todos aceptaban sin chistar. Sí, estaba dentro de una caverna, pero… Ah, en fin. En aquel momento, les dije que las “formaciones naturales” serían nuestro refugio. Tomé el cuarto victoriano como el mío. Al ser el único sin pareja, por algún tipo de lástima -aunado a mi posición de “visir”- se me permitió el lujo del cuarto más grande, probablemente cinco veces más grande que el resto.

Salimos por las puertas Art Deco que enmarcaban la entrada principal (y un lobby decorado con el mencionado estilo) al jardín. El jardín era un vil recuadro con polvo, arena molida al punto de llegar a parecer talco, pegado al camino que daba a la cascada. Arriba, estaban los bosques de alisos, esperando a que fuésemos por fruta o a pasar una tarde tranquila, si la otra civilización no pasaba por ahí.

***

El valle estaba rodeado por lo que parecerían montañas altas y difíciles de escalar, aunque en realidad, no había montañas, el valle era un gran hundimiento en la tierra. A nivel normal del suelo, la cascada era una de las maneras de llegar a esa depresión. El camino, la otra. Los alisos arriba de nosotros, en realidad estaban sobre el suelo, pero no sobre montañas. Después de un pasaje accidentado por el camino, se llegaba a la caverna, y el andadero terminaba en el centro del valle que tendría kilómetros de diámetro.

Donde se reunía la arena, ese pedazo de nada al que gustaban llamarle “jardín”, era un pequeño balcón junto a la caída de agua, un punto intermedio. Si alguien se quisiera suicidar, sólo tenía que dar un paso fuera del arenero y caería al menos 50 metros hasta llegar al punto donde se reunía la cascada… si era menos afortunado, a la arena de al lado. Tenía la entrada a mis espaldas, tal vez a 300 metros de mí.

El suelo comenzó a retumbar y cayeron tres pesadas piedras en un charco menor que estaba a unos cuantos pasos del jardín, justo al lado de la cascada, cerca de nosotros. Era la señal: ahí venían. Los que no alcanzaron a meterse en la cueva, treparon a árboles, otros, se metieron en las ranuras entre las piedras del valle, finalmente, los menos afortunados se cubrieron con la arena que estaba cerca de la cascada. Desde el lobby Art Deco vi una enorme masa escamosa de tonos verdes y grisáceos que pasó con celeridad, haciendo que los candiles se mecieran como si fueran cunas movidas con cariño. Sólo que no lo miré con tanta ternura.

***

Al día siguiente, ya todos estaban en el jardín, trabajando con la arena y caminando por los pasillos flotantes. O esta gente se adaptaba rápido, o era tremendamente estúpida y de mala memoria a corto plazo. Los pasillos flotantes no habían estado ahí el día anterior. Desde el jardín surgía un pasillo que no necesitaba soportes a pesar de tener menos de 30 cms de grueso, desafiaba la lógica cómo podía estar un pasillo con curvas de 90 grados serpenteando sobre aquel vacío. Muy bellas macetas con begonias y cristantemos y… flores que desafiaban la gama normal de colores, como metálicas y profundas a pesar de ser delgadas. Los barrotes eran de metal muy tosco.

De pronto, abajo, la vimos. Era una madre. Buscando a su hijo. Su piel rojiza y escamosa, además de sus varias toneladas de peso no habían sido suficiente como para que no la hubiéramos notado. La dinosaurio-humana caminaba, hablando en su idioma, gruñidos bajos y graves como el ronroneo de un león, chasquidos como los dedos al romperse… No había a dónde escapar. Nos congelamos en nuestros lugares. La madre no hubiera salido por ninguna otra razón sola. Después, un pequeño (para sus proporciones, enormes para la nuestra) llegó a su encuentro, saltaron a la cascada y se disolvieron en el agua.

***

Vino apareció al día siguiente. Como siempre, buscaba que nosotros lo provocáramos para matar a alguien de la tribu. Fui el primero en notarlo y después les pareció obvio al resto, como normalmente sucedía. No entendíamos su lenguaje, así que le habíamos llamado Rojo por su tono rojizo de escamas. Parece ser que el mismo niño se había perdido y llevaban medio día buscándolo. Cuando saltaron a la cascada, pensamos que no volverían hasta que les fuera necesario.

Estábamos en nuestras actividades diarias cuando saltó desde la pared, ipso facto, mi ‘hermano’ y yo nos enterramos en el jardín y esperé que los demás hubieran reaccionado de manera rápida también. Los pasos se acercaron de inmediato.

Los gruñidos y chasquidos eran aterradores; cuando puso una garra sobre el jardín, recé por que no me pisara. Lo sentía cerca. Intenté no respirar y casi recé para que no aspirara la arena al seguir ahí debajo.

“Aquí… no… está” ¡Estaba hablando en nuestro idioma! La voz era un gruñido y los chasquidos aún eran evidentes en su hablar, pero podíamos encontrarle la forma a sus palabras. Evidentemente se estaba esforzando por hacerlo, quería que lo entendiéramos. Aspiró con brusquedad y siguió.

“Qué mierda… de lugar… Esto… se ve… peor… que Star Wars.”

Ay, putas.

“¡No te metas con Star Wars!” La reacción de mi ‘hermano’ no se hizo esperar, ya había saltado y estaba de pie frente al dinosaurio que probablemente veía al humano que llegaba debajo de su rodilla con desprecio. Supe lo que tenía que hacer.

Surgí de la arena con tranquilidad, me hice el cabello hacia atrás y volteé a ver a Vino fijamente. Para un dinosaurio, probablemente tendría el equivalente a 40 años. Yo sabía que él tenía algún interés en mí, por no decir deseo. Evitando estremecerme del asco, extendí una mano.

No me di cuenta cómo, pero estaba ya de su altura. Crecí, o tal vez él se hizo pequeño. Con un movimiento de mi cabeza, volteé a ver a mi hermano y le dije “Lárgate” con la boca, sin dejar que los sonidos se escaparan. Como si estuviera escuchando Jinsei No Merry Go Round de Joe Hisaishi, comencé a bailar un estilo de waltz con el dinosaurio. Me intentaba susurrar en el oído cosas pero lo evitaba.

Una vuelta de más… y cerca del pasillo…

De nuevo me dijo algo pero estaba intentando concentrarse en el ritmo imaginario y pegándose contra mi cuerpo, así que no podía entenderle. Decidí distraerlo más. Me acerqué para decirle al oído “¿Qué?”, pero se acercó más cuando alargué mi cuello hacia él para hacerlo, intentando besarme. Un maldito dinosaurio… Egh. Pero no se dio cuenta que ya estábamos sobre el pasillo, ya bailando sobre el balcón. El barandal se movía como si fuera el océano en una noche de tormenta, de repente se ensanchaba tanto que podíamos pasar sin que nos tocara, a veces nos apretaba demasiado. Volteé hacia abajo. Estábamos sobre el agua. Seguí dirigiendo el movimiento del baile hasta el borde del pasillo, donde el balcón terminaba en una hermosa vista hacia el valle.

Girando cada vez más rápido al ritmo de mi compás imaginario, Vino estaba tan concentrado que no se dio cuenta hasta que era demasiado tarde, tomé su garra con mi mano para separarme de él como si fuera parte del baile… Y lo lancé al fondo. El barandal era muy pequeño para él- giró y cayó. Escuché sus huesos rompiéndose al estrellarse contra la arena del fondo y su grito de agonía.

Sabía que tenía poco tiempo, los dinosaurios tratarían de matarlos a todos. Yo intenté ayudarlos, tenían a sus líderes, ahora tendrían que arreglárselas como lo habían hecho antes de que yo llegara.

Arranqué de cuajo una de las flores azul metálico de las macetas, envolví mi dedo con uno de los pétalos y lo clavé en mi cuello, mi dedo llegó casi a la segunda articulación dentro de mí. Luché por no caer desmayado. Me paré sobre el barandal y volteé a ver a los demás. Tenían los ojos abiertos, habían adivinado mis intenciones. Me dejé caer y sentí cómo mi cuerpo se hacía ligero, el veneno de la flor azul recorriéndome con avidez. Una ráfaga me llevó, yo ya pesaba poco menos que la hoja de un árbol ya marchita… hasta algún rincón del cual nunca había escuchado hablar, del que sólo en sueños había escuchado, a ese lugar llegaría por el viento. Cerca de la cascada, en un punto inalcanzable a no ser que volara el visitante, fui depositado.

Al ponerme de pie, noté que habían muchas más flores y todas ellas con hadas pequeñas, desde un metro de alto hasta unas que llegaban a medir lo que mi uña del meñique tenía de longitud.

Barrí con los ojos el lugar, otra caverna. Caverna de verdad, no cuarto victoriano. Encontré un hada del tamaño de la palma de mi mano, su cabello era negro con tonos azulados, desde azul rey hasta el color del cielo. Estaba tremendamente pálida y a punto de morir, a pesar de ser joven y bastante agradable a la vista.

Me hinqué para estar a la altura de ella, sentada sobre su flor. Un pensamiento cruzó mi mente: ‘Si Dennise estuviera aquí, me mataría.‘ Pero ella no estaba ahí, en esa realidad, no sabía si exista ya siquiera, no sabía si yo había dejado de vivir y estuviera en un sueño mariguano de agonía, si esto fuera real y el mundo de antes no lo fuera… No tenía idea de cuál era la realidad. No tenía manera de saberlo. Lo que sí sabía es que no viviría para el siguiente amanecer después de haber clavado la flor en mi cuerpo. Sentía la sangre que escurría, aunque poca, notablemente cálida, surgiendo de la herida en mi cuello y bajaba hasta mi torso. La flor no podía detenerla del todo, y de todas formas ya estaba absorbiéndome. Si me hubiera quedado allá, con ellos, hubiera muerto a manos de los dinosaurios, de cualquier modo.

Lo que el hada me pediría primero, sería obvio, lo demás, esperé que no fuera demasiado. Nadie en la comunidad dudaba de las costumbres lascivas de las hadas, además de su extraña lógica que desafiaba el pensamiento normal. Puse mi dedo sobre su cabeza para acariciar su cabello y le dije lo hermosa que era. Su color pareció regresar un poco. Me miró a los ojos.

Yo no tenía preocupación alguna para hacerlo con ella, las hadas siempre encontraban la forma, el tamaño no importaba si querían algo con un humano. Y si todo iba bien, sería uno de ellos en unas horas más. Un fauno, un sátiro, un hada, sílfide/hombre o un espíritu más de la naturaleza… tampoco sabía qué pasaría conmigo. Pero yo prevalecería.

Levantó su cabecita y de pronto un metal afilado salió de la piel de su garganta, como si un clavo la estuviera atravesando desde atrás. Puse la punta de mi dedo índice y ella lo atravesó con su cuello. En un segundo, absorbió toda mi sangre de golpe, secándome al instante. Por primera vez, sentí miedo.

Después, su cuello soltó una lucecita azul y me empezó a inyectar… algo. El mundo comenzó a dar vueltas, sentía como si tuviera… o como si fuera… no hay mejor manera de describirlo que esto: sentía destellos luminosos recorrer mis venas, como si la sangre me brillara con una luz fría y lejana.

A lo lejos, una música, probablemente swing, se empezó a escuchar… y un claxon…

“Múevete, hijo de tu puta madre!” Un coro de bocinas se aunaron en sus insultos a quienquiera que estuviera abajo, entorpeciendo el tráfico. Ah. La gente de la UP, siempre tan gentil para levantarme.

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Disculpen la redacción, escribí esto en friega, antes de que olvidara el sueño.

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