Cacique

AVISO: El siguiente relato es un sueño (pesadilla, mejor dicho) y es violento, gráfico y simplemente nada agradable.

****

Sabía que tenía que esconderme, pero a la vez, sabía que no había donde. Los soldados se arremolinaban alrededor de nosotros y mi tío estaba al descubierto. Daba igual si yo estaba escondido, los soldados traían equipo para detectar calor y más; no había escapatoria. Y yo no tenía arma alguna. Me trepé al árbol de mango con la estúpida esperanza de que no me vieran. Hasta que descubrí el cañón del arma apuntándome y señalándome a que bajara. Lo hice.

Varios soldados estaban riéndose y uno de ellos cargó su rifle de precisión. Disparó muy cerca del suelo donde estaba mi tío y él brincó, insultando al aire mientras lo hacía. El soldado falló a propósito. Nos llevaron a una casa en muy mal estado y de muy mal gusto en medio de los árboles de mango, pintada en color aqua con blanco. Salió un hombre rechoncho, moreno, con la piel maltratada y una sonrisa escalofriante.

“Tráiganlos pa’cá.”

Avanzamos por obvias razones y mientras lo hacíamos, mi tío le seguía insultando. Abrigué la esperanza de que fuera porque conocía al señor desagradable y no como mecanismo de defensa.

“Tiene buena boca, al viejo échenlo al primer local con el resto de sus familiares.”

El primer local, después entendería, era donde estaban las personas que forzaban a trabajar para el otro señor; ahí estaban mi padre y mi hermano. A él, sólo lo conoceríamos como “El Cacique”. El Cacique se me quedó mirando, mientras se llevaban a mi tío. Un soldado le informó de cómo nos encontró.

“Kralos dijo que se los entregaba de gratis, para ahorrarse dramas, dijo el pobre pendejo”.

Me sentí traicionado pero no sabía si él tendría razones para entregarnos. Aún así, la sensación de haber sido… -no, no había otra palabra, era traicionado- no me abandonaría.

“Éste me gustó. Que no traiga armas… mándenmelo a mi cuarto.”

La boca se me secó cuando dijo eso. Observé mi entorno. Árboles de mango, pero el suelo era árido. A uno o dos kilómetros, la ciudad nos rodeaba. No sé cómo era posible que no hubieran notado un terreno así en plena urbe, porque alcanzaba a ver casas a lo lejos, un panteón, suburbios… todo rodeándonos, no estaba sólo a un lado de la ciudad, esto probablemente era similar al palacio imperial de Tokyo en medio de tal población.

Avancé, tratando de encontrar en mi mente un rincón que pudiera alojarme para no estar vivo y presente en lo que estaba a punto de pasar. El Cacique estaba afuera de una habitación, era una pequeña sala; unos soldados, riéndose, me aventaron dentro.

“Ven, caminemos un poco.”

Obedecí, intentando encontrar una escapatoria física o mental a la situación. Nada. Salimos de la sala y paseamos un poco mientras veíamos su propiedad: era enorme y llena de lujos mal cuidados y en estado decadente.

“Vas a ver, niño, que todos los que entran aquí son felices. Reciben un buen pago por sus esfuerzos. Tú tienes potencial y estás acá, donde sólo los más atractivos quedan. Tú sólo tienes que no hacer pendejadas y estarás bien; no tendrás que esforzarte mucho y te irá mejor. Sólo tienes que seguir cada una de las reglas que tengo. Son sencillas y pocas.”

Sabía que era mentira eso último; tenía la certeza de que si me sometía y era uno de sus juguetes favoritos pasaría una vida mediocremente decente (si obviaba el continuo abuso sexual que tendría que aceptar como parte de mi vida). Aunque sabía que tenía demasiadas reglas, unas absurdas y otras no, y seguirlas no sería fácil.

“Y no te preocupes. Te podré perdonar una o dos veces, pero si te tratas de pasar de listo, te chingo porque no te tendré trabajando allá abajo. O eres mío o te mueres. ¿Entiendes?”

Mientras decía eso, sentí su mano recorriéndome la espalda y llegando abajo. No había escapatoria. Y mi instinto de conservación sólo funcionó para mi vida, no para mis ideales de dignidad; me quedé callado.

“Quítate los pantalones. Y la camisa. Quédate en ropa interior.”

Escuché que un arma hacía el típico sonido de ‘click’ que sale en las películas. Obedecí. El Cacique me manoseó mientras me explicaba el resto.

“Hoy no estoy con ánimos de un hombre, pero sí de ver un poco de acción. Así que quiero que bajes aquí a la alberca y te mojes un rato nadando. Después, quiero ver un poco de sexo oral. Y más te vale que sea bueno.” Gritándole a alguien más, ordenó. “Tráiganme a la de ayer!”

Me empujó violentamente hacia unas escaleras que guiaban hacia dicha alberca. Las seguí, desesperanzado.

Llegué a un área con mosaicos enlamados y medio rotos. Una silueta masculina pero delicada y a la vez fofa se contoneaba al borde de la alberca. Sin pensarlo dos veces, salté dentro, decidiendo quedar exhausto después de nadar hasta casi morir.

Nadé. Nadé como nunca lo había hecho y como probablemente nunca lo haría. Rápido, fuerte, demencialmente agotador. Mientras me esforzaba, saqué la cabeza para respirar y escuché una voz inusualmente alegre y relajada.

“El Cacique nos está viendo y está esperando que hagamos algo. Así que apúrate si no quieres que baje y esto se ponga feo.”

Sentí hielo en la espalda y obedecí inmediatamente. Salí y había un joven con el cabello rizado, tenía el abdomen redondo, como si estuviera casi embarazado y la cara sumida en una expresión de felicidad. El tipo de felicidad que se alcanza artificialmente, no supe cuántas drogas traería encima, pero no era sólo una. Su voz era de hombre pero no masculina.

“Qué te pidió que hiciéramos? Oral?”

Asentí. No había hablado en todo el tiempo y tenía ganas de hacerlo nunca más.

“Muy bien. Ven para acá. Te pelaste con él y por eso no hablas..? No? Todavía tienes tus dientes intactos? Se siente muy bien cuando alguien a quien sólo le quedan encías lo hace, sabes? Así que nunca le respondas mal o eso te va a pasar.”

Sonrió y noté que le faltaban varios dientes y otros cuantos los tenía rotos, no por falta de higiene. Casi dejé de pensar por el miedo que iba sintiendo. Él tenía una hermosura típica de un hombre griego. Y yo, si bien la apreciaba, no sentía atracción por él.

“Qué chingados hacen?” La voz de un joven nos alarmó. Un hombre más, este era rubio, ancho, musculoso, el tipo clásico que hubiera salido en un poster de propaganda nazi. No sé por qué, pero tuve la certeza de que era un hijo del Cacique con todo y la absoluta falta de parecido… y tenía cierto rango y autoridad.

“Tú, nuevo. Te estás tardando y queremos entretenernos. Chúpasela o déjate, pero ya sin hacerte wey.”

Tragué saliva y el hijo del Cacique caminó escaleras arriba. Desapareció.

“Si quieres, lo haré yo esta vez para que no sea tan feo para tí.”

Y no podía estar listo. Era imposible encontrarle atractivo porque… no era mujer.

“Piensa que soy una mujer, vamos.”

Y no servía.

“Por favor, piensa en lo que quieras o tócate como quieras pero apúrale. O abre la boca y…”

Eso último me hizo escoger entre el menor de los dos males y me levanté un poco. El griego empezó a trabajar con sus labios mientras yo intentaba pensar en lo que fuera. Sentía unos ojos mirándome, complacidos, a lo lejos.

***

Días después, el Cacique seguía haciendo crecer mi horror por él y una terrible anticipación se había alojado en mí, pues aún no me había llevado a su habitación. Y sabía que tarde o temprano se iba a hartar de sólo verme actuar las depravaciones que tenía en mente.

Decidí escapar aunque me costara la vida.

***

Horas después, cerca de la media noche, estaba corriendo cerro arriba, las luces de la ciudad aún no estaban lo suficientemente cerca. La libertad no estaba tan lejos. Sólo tenía que… escuché varios sonidos a mi alrededor de nuevo. Los soldados. Intenté hacerme tonto y subí a un árbol, tomé una fruta y bajé. Caminé de vuelta al lugar del cacique.

Justo antes de llegar al salón donde dormía su harem que incluía hombres, noté que la puerta de acceso al cuarto estaba cerrada con llave. Así que me descubriría a menos de que…

“Aquí, ven, Átar.”

No había hablado en las semanas de mi estancia y Átar era mi nombre porque tenían que decirme de algún modo. Todos me conocían así.

Una joven de ojos color aceituna y cabello negro me miraba con interés. Dekka. La favorita actual. Había escuchado al Cacique tener sexo con ella y era horrible. No sé cómo no se desmoronaba su integridad, pues me miraba con una firmeza insospechada para su situación. Estaba fuera, al igual que yo, del cuarto del harem. Tenía los labios muy rojos pero no parecía haberlos pintado. No quise pensar por qué sería eso y me concentré en lo bella que era. Si me iban a castigar, al menos estaría bien haberse ganado un poco de tal castigo… Yo había estado haciendo ejercicio, intentando recordar todas las clases de defensa personal que había tomado alguna vez y mis músculos estaban más marcados, mi agilidad era superior y yo en general, era mejor a nivel físico, de lo que había sido hasta entonces. Pero eso no me hacía inmune a las balas. Dekka seguramente había notado el efecto del ejercicio porque empezó a pasar con suavidad una mano por encima de mi abdomen.

“…Él… Ya está a punto de usarte. Y conozco un camino para escapar que tiene poca vigilancia, si lo hacemos bien, podríamos estar fuera. Pero necesitamos ser como 4 o 5 para poder cuidarnos entre nosotros para no ser descubiertos.”

Escuchamos unos pasos a la lejanía, pero acercándose. Dekka continuó hablándome, como todos hacían a pesar de la falta de interacción verbal: todos sabían que yo nunca respondía.

“Es ella. Te veo mañana entre la media noche y el amanecer. Trae a alguien. Házmelo ahora.”

Se refería a la hija del Cacique con “ella”. Básicamente tenía los mismos rasgos que la joven frente a mí y no me parecía inusual que hubiera elegido a Dekka; seguramente tenía un hambre incestuosa y prefería desquitarlo con alguien más que le diera la idea. Pero en cuanto a su último comentario… Me vio dudar. Yo ya estaba listo para ella desde que la vi, era tan atrayente; cada centímetro de ella era perfecto. Los ojos, la cintura, todo. De haber estado en otra situación, ya hubiera estado intentando hacer que se acostara conmigo. Pero dudé. Porque ella no estaba excitada y sería doloroso para Dekka si yo…

“Métemelo ya o nos van a castigar peor.”

Eso me convenció. Ya tenía yo una marca en la pantorrilla de la vez que no fui lo suficientemente rápido y sumiso cuando el Cacique me dijo que quería ver cómo violaba a una joven del grupo. Me había golpeado con una cuerda metálica que tenía en una fogata y estaba al rojo vivo. Empujé esos recuerdos de mi mente. No es como que no hubiera hecho cosas peores ya para que el Cacique estuviera feliz conmigo; no es como si ella no hubiera pasado por situaciones más dolorosas…

Cuando la puerta se abrió, Dekka y yo estábamos teniendo sexo a un ritmo furioso, volteamos a ver a la hija con cara de sorpresa placentera fingida.

“Estábamos practicando nuestra condición física… tú sabes, para tu papá. Cómo estás?” Le dijo Dekka.

“Ah, eso estaban haciendo? Juraría que estaban hablando de algo más…”

“No, claro que no…”

“Ok, entonces… ve a entretener a mi papá. Quiero algo de él” me vio con una cara de deseo apenas contenido “ahora. Y el Cacique ya te está esperando, eh…”

Una puerta que no había existido casi pareció materializarse a la orilla de mi campo de visión. El Cacique estaba ahí, desnudo (y tenía los genitales más desagradables que había visto en mi vida, era algo grande, ancho, pero a la vez marchito), con impaciencia en los ojos. La hija saludó al padre y ese segundo lo aprovechó Dekka para decirme con una mirada que pensaría en mí mientras pasaba lo que pasara en ese cuarto -y que me vería más tarde para escapar. Asentí rápida y discretamente.

La puerta se cerró detrás de ellos y empecé a escuchar golpes que -en el mejor de los casos serían nalgadas inhumanamente fuertes- se repetían casi rítmicamente cada cinco o seis segundos. La hija del cacique me miró con un brillo enfermizo en los ojos.

***

Al día siguiente, busqué a mi hermano por todos lados. Lo encontré. Trabajaba junto a la alberca, con harapos cubriéndole de la cintura hacia abajo. Su cuerpo del que alguna vez estuviera tan orgulloso tenía cicatrices por todos lados, de quemaduras, cortadas, latigazos… Junto a él, la marca en mi pantorrilla era nada. Él seguía pareciendo fuerte, como un león, pero… algo faltaba. Porte, tal vez?

Porque su mirada seguía siendo la misma. Le hice una seña para que me siguiera. Y lo hizo.

“¿Qué pasa?”

Intenté hablar pero me dí cuenta de que, hacía tanto que no lo intentaba, que yo no podía sacar sonido alguno. Le hice señas. Ya estaba atardeciendo y varios juguetes del cacique se estaban arreglando para el evento de la noche. No sabía qué iba a pasar, pero por el comentario de Dekka, no quería, siquiera, enterarme. Unas jovencitas que hubieran salido en la portada de una revista juvenil se ponían ropa reveladora con resignación en el rostro, otras más, con menos emoción en la mirada, las consolaban. Uno o dos hombres hacían lo mismo… parecían haber parejas dentro del grupo, pero esas relaciones obviamente no podían ser conocidas para el Cacique.

“Vamos a escapar? Te sigo.”

Caminé por el borde de la alberca. Después vendría por mi padre y mi tío. No sabía dónde estaban, pero no había visto a ninguno de ellos desde el primer día. Anduvimos por caminos que yo conocía, donde los soldados rara vez pasaban porque eran los caminos favoritos del Cacique y no quería ser molestado cuando paseaba por ahí.

Llegamos a la última parte y mi hermano no pudo reír a volumen bajo, como un suspiro, mientras escapábamos y encontraba a un soldado de espaldas a nosotros. Con el golpe más fuerte que alguna vez vi a algún ser vivo dar, mi hermano le rompió el cuello al guardia de un solo puñetazo. El aire seguía siendo tenso para mí, si éramos descubiertos, lo que nos harían sería indescriptiblemente doloroso, humillante y no sólo dañaría mi cuerpo, sabía que mi mente no sería lo mismo después de…

El sonido del cuerpo caído llamó la atención de otros soldados. Mi hermano se echó hasta quedar pecho tierra al igual que yo, pero él lo hizo en un lugar donde su posición era obvia, muy cerca del camino y no lo suficientemente pegado a una de las antiguas paredes de cantera que rodeaban esa parte del jardín.

Intenté hablarle para decirle que se ocultara mejor, pero las palabras se rehusaron a salir, de nuevo. Le toqué la planta del pie con insistencia. Mi hermano no se movió, convencido de que había hecho lo correcto al esconderse así. Le di un tirón. Podía escuchar a los soldados acercarse. Las luces de la ciudad estaban a sólo medio kilómetro o menos.

Sentí una serie de agujas picándome y… estábamos sobre un nido de enormes hormigas rojas. Sentía como me mordían pero no podía moverme y mi hermano estaba soportando lo mismo. Pero estaba a simple vista y…

Vi cómo un soldado apuntaba el cañón de su rifle de asalto para tener un cómodo y letal disparo, centrándose en la cabeza de mi hermano.  Empecé a hacer ruido bajo, intentando hablarle y finalmente algo pudo escapar de mi garganta. Unas palabras a volumen bajo que él seguramente sí escuchó.

“Rafa, quítate… te van a matar…” y me ignoraba. “Rafa… por favor…”

El soldado disparó.

Mi hermano dejó de respirar después de tener una serie de estertores horripilantes.

Abrí la boca. Finalmente pude gritar. Sólo fue un grito, uno nada más, el resto fue mi respiración agitada y controlada, nublada por la ira, un sonido demasiado instintivo, de depredador; poco racional para un hombre.

Una piedra lanzada con fortaleza sobrehumana le enchuecó la punta del cañón al arma del guardia y una ágil mano me tomó del brazo y me jaló. Dekka.

“Corre, Átar!”

Y eso hice.

“Estás bien?” Dekka seguía mirándome con angustia mientras corríamos. La gran mayoría los juguetes del Cacique habíamos obtenido velocidad y agilidad incomparables al mantener nuestros cuerpos en la mejor de las condiciones, sólo unos cuantos (como el griego) se dejaban descuidar. Dekka estaba a punto de seguir hablando cuando notó que, de hecho, iba a responder.

“Volveré.” Mi voz se escuchaba aterciopelada y mi articulación era un tanto torpe por la falta de uso.

Yo tenía lágrimas en los ojos. Pareció gustarle el sonido a ella, si bien no comprendía a qué me refería. hasta que le otorgó una mirada al paraje dejado atrás, al cuerpo de mi hermano y entendió quién había sido él. Y por qué habría de volver. No pudo evitar una expresión que reflejaba su estremecimiento mientras completé lo que iba a decir.

“Vendré a respirar su último aliento. Beberé su sangre mientras vive.”

Cascos. Su sonido, acercándose.

Galopando detrás, venía el Cacique con una serie de caballos.

“Quiero ver que intentes eso, niño…”

Venía con una serie de soldados detrás, su cuerpo rechoncho amenazaba con romperle la columna al caballo. Sus ojos eran negros y hablaban de deseos mucho más obscuros que el color que poseían. Con una mano, mantenía al caballo cabalgando en pos de nosotros, con la otra, se acariciaba la entrepierna.

“Voy a ser que tu primera noche sea muy especial, niño. Dekka va a estar ahí para enseñarte cómo hacerle con todo lo que te va a pasar. Y tú, Dekka… hoy te castigaré un poco antes de empezar con el niño.”

Dekka y yo corríamos, las luces de la ciudad estaban cerca, pero bien cabía la posibilidad de que fuéramos atrapados si yo no—

desperté.

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