Y aún más Nabidá.

Posted: 18 December, 2010 in Suociedad, Vida

SHAMELESS PUBLICITY: No hay suficiente amargura en tu vida? Quieres que alguien más  se queje de cosas cotidianas en 140 caracteres o le eche porras al sexo? @Kiioro en twitter hace eso.

***

Como se habrán imaginado basándose en mi artículo anterior, oh 4 lectores, sí, odio la época navideña. Fuera del asco comercial, las películas sosas, la estúpida música ubicua y la enorme hipocresía que se vive en estas fechas, hay otra cosa que me caga las bolas. Los putos intercambios.

Habrán de saber que yo odio los intercambios y no es infundado ese sentimiento. Recuerdo mi primer intercambio. Quinto de primaria. Dijeron que era un intercambio de aproximadamente 50 pesos (en ese entonces más que suficiente, estamos hablando de mis épocas de por ahí de Salinas y los CDs aún no existían– en México). Así que voy por la vida buscando una puta Keroppi (la rana pedorra de Hello Kitty) para mi intercambio, y espero con ansias mi primer intercambio. No esperaba un Stretch Armstrong, sabía que esos eran caros, pero… tal vez… dinosaurios o algo así chiquito de plástico, cosas de arqueología, un cubo rubik, cualquier chingadera para un niño ñoño y ávido lector.

Así que comenzaron el intercambio y empezaron a darse abrazos entre los intercambiarios. Yo no estaba enterado de ese ritual! Me iban a abrazar! Joder. En fin, lo superé. Entonces le tocó a una mujer. A la cual llamaremos Cristina P. Oh, es muy obvio. Le diremos C. Pérez. En fin, pasa ella y me voltea a ver y dice mi nombre.

Casi salté de mi asiento. En quinto de primaria yo ya era un tanto amargado y la chispa de la vida no me daba mucho para ser optimista, bastante me molestaba la escuela, la religión y mis compañeros. Pero era Navidad, chingada madre, ¡algo bueno tenía que pasar! Llevaba una caja de zapatos envuelta (al menos a juzgar por su tamaño) y me emocioné aún más, era algo grande. Así que casi arranco la caja de sus manos y la abro con avidez. Para sacar de su interior..!

Un puto paliacate. PALIACATE. En serio?

Me dio un abrazo, lo medio respondí y vi mi cajita de regalo para la otra mujer a la que me tocó. Ya no lo quería entregar. Después de la mierda que me dieron… pero ya estaba hecho el daño.  Le dí a esta morrita su caja y sus ojos brillaron cuando vio el peluche. Y díjeme, “pues a chingar a su madre, ¿qué justicia hay?” Fue una de esas épocas en las que mi corazoncito aún no era negro, pero ese fue un punto más que le robó luz.

Fast Forward a sexto de primaria. Misma dinámica. Ya era más desconfiado, pero obviamente estaba dispuestísimo a darle otra oportunidad a la gente -estúpidamente- y entré al siguiente intercambio. Así que era de algo más. Esta vez no recuerdo qué compré, pero incluso puse como 15 pesos de más (recordemos que en ese entonces 15 pesos te daba para gansito, refresco y papas para 2 o 3 personas) para no comprar una gachada.

En ese entonces fue en el Baby Rock, difunto antro de Marina Vallarta. Se hizo todo el malabar típico del intercambio en una tardeada con música de La Bouche y Ace of Base… en fin, di mi regalo porque creo que me tocó abrir. Y evidentemente me tocó al final. Más emoción acumulada para… Una pinche cangurera morado fosforescente con amarillo pollo más corriente que un albur que hable de la menstruación.

Secundaria? Me dieron una pinche ranita de poliestireno dentro de una puta cajita de madera. Y fue cuando dije “nunca más”.

Odio los intercambios porque uno intenta hacer justicia -y no quedar como persona de mal gusto dando guarradas- para que alguien llegue y te obsequie una mamada como un CD de Abba o algo más insultante. Yo acepto de mejor gana una mentada de madre que una recopilación de música navideña, por ejemplo. Pero qué ha sucedido?

En la escuela de estilismo a la que voy decidieron hacer un intercambio. Y yo pensé “pues bien por ellos”, hasta que llegué un día y me dijeron “Hey, no te hemos dado tu papelito”.
“No importa, no voy a entrar”, respondí. Pusieron cara de haber recibido una bofetada -lo cual me da igual, por cierto-, pero después me respondieron con algo horroroso:
“Pero… ya metimos tu nombre, tienes que entrar para que se pueda cerrar el círculo. Y tienes que escoger si quieres que te den pantunflas [sic], bufanda o bolo (no el trozo de madera, un montón de dulces). Es de $100 el regalo”.

Y de ahí no los pude sacar. Me dijeron que debería de dar ‘Kris’ diario [el cual, por cierto, creí que se referían al arma pero no tenía sentido, después me informaron que es un “Krismas” (insértese cara de asco y horror por el anglicismo tan mal adaptado)]. Pues, PUTA MADRE. Ya qué, ¿no?

Así que tomé el papel y me tocó una doña de ahí. Exigí que se hiciera un papel con preferencias. Junto a mi nombre, escribí en letras grandes “DULCES: NO CHOCOLATE“.

Y al día siguiente, no había Kris ni Keris, ni Cri siquiera. Al otro día, había dos cosas, para compensar. Unas Chokis, galletas con chocolate, y un puto Carlos V (barra de chocolate). Ahora, no sé cuántos tipos de pendejos haya, o qué tanto se tiene que estudiar para llegar a una estupidez de tal magnitud, porque por casualidad no se hace.

Levanté mi voz y dije “Hey, Kris, soy Jorge. El único hombre del intercambio. Por favor, no más chocolates. Lo escribí. Gracias. Puta infeliz.” Las últimas dos palabras las dije en susurro, claro está.

Más desilusionado, fui recibiendo a lo largo de 3 semanas una vez por semana dulces al azar y yo diligentemente entregaba diario un pinche dulce. Para mi amargura, ya sabrán de qué humor me ponía la falta de responsabilidad de esta mujer. No estaba obligada a darme un oral a diario, era un PINCHE DULCE, aunque fuera un chicle de unos cuantos centavos.

Empecé a tachar en una lista imaginaria a las mujeres para saber a quién le había tocado. A las dos semi inteligentes las descarté de inmediato. A la que asistía diario y la veía depositar dulces, descartada. A la mujer horrenda que se quejó de ser responsable y no recibir, descartada. Y así, fui descartando a mis compañeras restantes: Femme Fatale Fail, Godawful, Meh, Old Lady, Buchona, Incompetente, Sortofwant… lo que me dejó a Fuckingugly (son mis apodos mentales para ubicarlas, no me sé sus nombres). La señora chaparra, fea e irremediablemente pendeja que quiere conmigo.

Sudé frío, literalmente, al darme cuenta de que esa señora que me mira de manera tan desagradable, me iba a abrazar.

Se acercaron inexorablemente las horas para el intercambio con cada día que pasaba. Y sucedió lo inevitable. El puto intercambio. Abrió una señora y empezaron a dar regalos. Llegó tarde Fuckingugly y noté que traía una bolsa de supermercado mal amarrada con un perro de peluche dentro. Y una maestra trajo un montón de dulces, una canasta retacada, hasta sabritas había. Díjeme “Caray, mi sentido de detective vale para pura madre. Pobre pendeja a la que le toque Fuckingugly, ni siquiera compró envoltura barata, se nota qué es. Bueno, al menos no me va a abrazar”. Yo compré una bolsita con un árbol de navidad que no se viera de la chingada para ser barata. Ahí coloqué las “Pantunflas Fiusha [sic]” que me encargaron.

Y bien, de repente se pone de pie la maestra, yo ya me andaba parando cuando dice el nombre de otra maestra. Sólo pude pensar una cosa:

“Por los pezones de la Virgen! Sí le toqué a Fuckingugly. Mierda, mierda, mierda, mierdamierdamierdamierdamierdameiayrhgb7yat .”

Y sí, se puso de pie y dijo, con su horrísona voz, mi nombre. Me paré y saqué el pecho, endurecí los hombros y le dí el abrazos de político hipócrita más alejado que pude, con la menor cantidad de contacto físico y ella intentó lo contrario, para mi creciente terror. Pero no se quiso ver obvia y me dio la puta bolsa de super. Lo abrí con desdén desenmascarado (no iba a ser hipócrita si me está regalando un peluche en vez de 100 pesos de dulces, escogí los dulces porque no confiaba en su buen gusto para ropa…) y la inscripción la leí en voz alta con tono neutro:

Peluche con chocolates finos“.

Ah, sí. En cuanto dije la palabra ‘chocolate’ un relámpago de duda cruzó por su cara.

“Ah… no te gustan los chocolates, verdad?”
“No importa.” Lo dije no con tono de ‘despreocúpate’, si no con tono de ‘no hay más que hacer, la pendejada monumental ya la hiciste, gata ordinaria con inteligencia de Windows ME‘.

Le di el regalo que compré a la otra mujer, acompañado de su obligado y escueto abrazo y puse en twitter una o dos cosas de lo que pensaba.

Porque… déjenme aclarar mi garganta vía teclado. Incluye uno o dos insultos de la temporada.

Qué tan putas madres difícil es leer “NO CHOCOLATE”? Qué tan complicado es COMPRENDERLO si eres mexicano y hablas español como tu primer idioma? Qué chingada parte de “Bolo” o “Dulces” les parece incomprensible? Mierda de Rodolfo el Reno es lo que hay en ese cerebro, MIERDA! O qué, ¿HAY UN SINÓNIMO QUE ABARQUE DULCES Y PELUCHE?! QUÉ TAN ATROFIADO, MARCHITO Y LLENO DE PLOMO Y TEFLÓN DEBES DE TENER LA CABEZA PARA NO COMPRENDER ALGO TAN SENCILLO, POR LOS HUEVOS DE LOS REYES MAGOS?!

A la mierda con su puto espíritu navideño de la chingada, me paso por las bolas sus putas costumbres mal adaptadas de la saturnalia y fiestas de Yule. He dicho. Nunca, never, jamais, nimmer, nunquam, naefre volveré a entrar a un pinche intercambio a menos de que haya favores sexuales antes, durante o después. Si se enteran de que entré a un intercambio, alégrense por mí en ese aspecto.

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